A veces me da por preguntarme que nos ha pasado. Luego pienso que estoy preguntándome a mí misma, y cambio el "nos" por "me".
Supongo que mi cabeza estaba amueblada con esos muebles que escogimos juntos en el Ikea aquella tarde, entre risas y besos, y sigo preguntándome. Ahora me he quedado con una azotea amueblada con accesorios mal colocados y montados a base de prisa, amor alocado y materiales baratos; materiales que parece que me hablan en otro idioma, que contactan con mi corazón y le gritan que si se siente a gusto ahí solo, latiendo como si alguien lo fuese a escuchar. O como si alguien lo fuese a reparar. Pero él me dice que por una vez está bien y que pasa de que venga un gilipollas a remodelarle la casa a base de bonitas cortinas con estampados de corazones rotos y sueños plasmados en cuadros fabricados en serie. Me dice que en silencio sabe apreciar mejor aquellas risas del pasado, aunque ahora parezcan más bien de lata, como las de esas series donde las risas que suenan ya pasaron a mejor vida. Y que dice que a solas también sienta bien, porque latir por uno es más sencillo que latir por dos. En el fondo (porque mi corazón tiene fondo de armario, sólo que con un vestido de diario, otro de gala y otro de funeral) sabe que también está un poco maltrecho y que le tocará colocarse algún tornillo de esos con nombres raros del Ikea. Y que digo tornillos porque parece ser que nos hemos tenido que poner pilas antes que sentimientos, pero que lleva fatal eso de que le chirríen los músculos. Tú, que eras algo así como su aceite, has pasado a ser el aire que le oxida.
Y claro, entre mi azotea, amueblada como si eso fuera una noche de sexo, drogas y alcohol, y un corazón que se está correspondiendo a sí mismo, yo me estoy alejando un poco de mí. Pero he de decir que, para mal, me está sentando bien, y que ya no me siento a esperar que todo se arregle; que salgo corriendo, y no huyendo, detrás de lo que quiero ser y ya no de lo que parezco ser. Y que salgo corriendo a por esas sonrisas que un día dejé escapar.
Ahora que lo pienso, tampoco es necesario tener los muebles más caros o una alfombra de zebra. Que si soy así: loca, dejada, apasionada, borde, sobreprotectora, sinvergüenza, dulce...¿por qué cambiar algo que me gusta?
Por mí, ahí te quedes con tus patas de mesa mal colocadas, cuadros torcidos que escurren falsas promesas y alfombras de bienvenida que invitan a no entrar.
Vengo del pasado, para soplar un recuerdo. Aunque no me guste IKEA ni sus muebles, escribes bonito Gin.
ResponderEliminarFdo. Luc