Tengo los pies congelados, pero tus manos preferían hacerme arder el corazón en cada latido, y todavía recuerdo como hacías que mis lágrimas se evaporasen al contacto, caliente en todas mis estaciones.
Que, a veces, la lluvia venía y nos llovía por sorpresa, mojándonos la risa y el quejido de nuestro diafragma al contraerse, tan rápido como el tiempo que pasaba, mientras nosotros no pasábamos. Y no pasábamos porque no queríamos tropezarnos con el gato negro de aquella calle, con nombre de agosto y de angustia; pero pasamos por debajo de la escalera de mi casa para darnos el lote, que no la lotería, como si ya no importase que la mala suerte quisiera participar en este baile de corazones descompasados, tropezándose en el amor.
Porque, claro, a mí siempre se me ha dado, y no digo genial, escribir, y escribirte, mientras tú practicabas el tiro a la razón, descontrolando las pocas hormonas que todavía quedaban sin revolucionar. Porque, claro, desataste la tercera y hasta séptima guerra sentimental en mi interior, pero a mí me pilló sin armas ni caparazón, jodiéndome desde las puntas hasta volver a ellas.
Y ahora llevo unas puntas rojas que se destilan a cada lavado, tal y como dicta, o palpita, el corazón, que empezó siendo rojo y ahora ya ni se sabe, porque te saliste de las líneas al pintarlo.
Déjame escribirme que ya no es todo como fue; y déjame que me lo escriba por no poder dejártelo a ti grabado en nota de voz, porque ni la voz me sale cuando sólo me sale recordarte.
Llegará al día en el que ese rojo pase de las puntas a todo el pelo, pasando por las venas y llegando al corazón. Y se tintará la razón por volver a este cuerpo que antes te llamaba, y al que ahora llamo yo.
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Seguro que muy pronto todo el pelo podrá teñirse de rojo pero hasta que ese día llegue, al menos que las puntas lancen algo de calor.
ResponderEliminarSalud y abrazos.