Un crujido.
Solo se oyó eso cuando saliste por mi puerta.
Y no te engañes, si ya te has ido.
Porque aquel irritante sonido no procedía de la puerta desgastada que te dejaste abierta.
Un crujido, tan ensordecedor que hasta los pájaros dejaron de cantarle a la nada, volando descontrolados, asustados por instintos animales y con miedo, propagándose por todas sus extremidades aladas.
Un crujido que hasta paralizó el tráfico de esta ciudad muerta, donde cada coche era un recuerdo de nuestra historia, que lentamente había dejado de funcionar sin fuel ni meta.
Un crujido que detuvo las agujas de mi joven reloj, congelando el momento exacto en el cual decidiste que el exterior te haría brillar más que mi propio amor. Sin tener en cuenta que ya ni un relojero lo haría resucitar, porque cuando algo muere, ya ni una inyección le otorgan esas ganas de continuar.
Un crujido que estalló las ventanas de las estancias huecas de esta casa, donde antes solíamos gritar y reír a la vida, como si afuera no hubiera nada más que un callejón sin salida.
Un crujido, que hasta las mismas entrañas de la tierra se sacudieron sin parar, creyendo que por fin llegaría el exterminio de esta sociedad, que muere a cada trago, ebrios por las mentiras y la soledad.
Te fuiste, y te engañaste a ti mismo diciendo que aquel crujido fue un hecho de lo más normal.
Y yo creía que de verdad te habías ido, pero sigues en mis recuerdos, sin ser consciente del dolor que me causas en realidad.
Ahora ese crujido se hace más nítido a cada instante, porque vuelven los recuerdos, ahogándome con todos tus desplantes.
Y joder, ahora lo recuerdo bien.
Que aquel crujido que se oyó, no fue más que mi corazón, rompiéndose en mil pedazos por el dolor y la traición.
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