miércoles, 16 de octubre de 2013

Ya no.

Creo que mi mente quiere entenderte cuando yo decido no esperarte; cuando quiero apartarme y seguir sola hasta Roma. Llegar y plantar mis pies ante el Coliseo, y decirme a mí misma que hasta los edificios más antiguos son capaces de soportar las más pesadas cargas. 
¿Sabes?, no quiero ir a Roma, porque quiero ir a todas partes. Viajar y recordarte, sin destino, ni final; sin armas ni amor, ni tan siquiera dolor. Volver, irme, y volver a irme. Quedarme, marcharme, y jamás regresar. Porque quiero volar, tan lejos como sea posible del cielo, y no sé si es porque las nubes me saben a poco si puedo pisar tu mismo suelo.
No. No estoy haciendo ni diciendo lo que quiero. Y qué contradicción cuando sé que te quiero, cuando al mismo tiempo no te soporto. Qué contradicción fue saber que ya no te necesitaba, y ya no saber, si no sentirlo, que fue más duro. 
¿Qué si he (mal)gastado tiempo de la vida? No. ¿Qué si he ahogado tiempo de mí misma? Quizás.
Y mira, que ya no sé si quiero saber, o es que ya no quiero querer. O quererte. Pero lo dicho, ya no sé. Muero por matar contradicciones que matan mis razones, y continuar creyendo(te), si es que mi razón lo diese por valido. No debería, y aún así viajo entre mis posibilidades de seguir o continuar; seguir esperándote, aún cuando mis pies me arrastran, o continuar mis pasos, si aún ni he marcado huella. 
No digas bipolaridad si tienes claro que no te apetece soñar pudiendo vivir la realidad. Qué no soporto que me digas no puedo más, si siempre te dedicaste a dar menos.
Y vuelvo a no saber, a no querer, y ahora empiezo a no creer. Que hablan de religiones para aferrarse al borde del abismo, cuando yo rechacé quererte por no acabar crucificada. Y que si tú quisiste, yo también podría haber querido. Pero lo dicho, ya no sé, ni quiero. 
¿Sabes?, al olvido le dí todos tus recuerdos, y el muy cabrón me los ha devuelto, diciendo que debo aprender a vivir con ellos yo solita. Que ya lo decía mi corazón, que demasiado capullo había todavía sin abrir para que la abeja no se adentre en su interior. Y hablando de corazones, ¿qué tal late el mío? Porque desde nuestras sábanas aún se le escucha aquella forma de retumbar con cada muestra de amor. Lo jodido es escucharle gritar, porque jamás le dimos atención. 
Volviendo a lo que no fue, no puedo hablar de ello si no llegó a nacer. Así que, que me llamen loca, o poetisa, si me he dedicado a recorrer cada paso de una historia imaginaria que jamás pudo florecer.

Lo dicho, ya no. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario