Aún recuerdo su timidez la primera vez que nos miramos a los ojos, y aún recuerdo mi sonrisa inocente cuando por fin le dije "hola".
Yo era más que una simple acompañante en un simple asiento y bueno, él no era más que el simple copiloto de su propia vida; y nadie imaginaba que pronto también lo sería de la mía.
Todo empezaba como empiezan las cosas que no quieren ser empezadas: por el principio. Y como dos niños pequeños, las risas comenzaban a fluir entre suspiros de temprana ilusión.
Oí mil veces aquello de que "las cosas de palacio van despacio", pero aquí no habían princesas, ni mucho menos príncipes.
La vida se sentía bien, distinta, apasionada, ¿pero no es así como se debe sentir una cuando las cosas marchan con extremada fluidez? Solo que él me sentía lejana; quizás porque en el fondo mi desconfianza a lo ajeno y al dolor gritaban a mi corazón que se alejase lentamente, sin hacer ruido.
Yo, que soy más de mirar la piscina desde lo lejos. Ya sabes, que quien no arriesga no gana, pero si te atreves, guárdate un pequeño pedacito para cuando la partida haya acabado.
Besos y caricias, acompañados de confesiones bajo las estrellas, pero sinceramente, un techo también nos valía para seguir queriéndonos sin compromisos, porque entre dos, a mí jamás me había importado el lugar. La verdad, no eran ni sus ojos, ni su picardía, porque más bien no sé que era.
De esas veces que te dices a ti misma que como ha podido suceder, porque sin darte cuenta, los días sin él son más tristes y apagados. Y ese es el más grave de los errores.
Yo es que a veces me levantaba solo porque en mis sueños no le podía tener, y eso que muchas noches me dormía junto a su olor, después de darme un beso de despedida en el portal.
"Me hace ilusión dejarte un día un mensaje en el móvil, diciéndote que bajes, que estoy en tu puerta", y él ya sabía como hacerme sonreír sin grandes frases elaboradas, ni llenas de versos; porque los versos los provocábamos con la boca.
Ya le decía que era el peor hijo de puta que había conocido en toda mi vida, y me era imposible decirle un te odio sin que se me escapase una sonrisa de estúpida. Y bueno, si querer a alguien incondicionalmente es una estupidez, no tengo más que añadir.
Que dicen que un recuerdo siempre viene acompañado de una canción, una película, pero es que sus jadeos en mi boca siguen siendo mi perdición cuando mi memoria los evoca.
Y que triste es pensar que darlo todo solo sirve para perder el doble: te pierdes, y le pierdes.
Que el amor ya no sé si entiende de egoísmo o amor propio; lo único que sé es que a mí me ganan a las dos.
Sí, supongo que la vida está hecha para valientes que deciden tirarse a la piscina. Eso, o para personas que creen que es mejor saltar desde del vagón de un tren en marcha, creyendo que el suelo que pisarán será mejor que un amor que no pide billete, ni de ida, ni de vuelta.
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