Que más quisiera yo que ser aquella que besa sus hombros y muerde su cuello, olvidándolo todo y convirtiéndole en mi dueño.
Recorrer, milímetro a milímetro, cada una de sus cicatrices, sanándolas entre mis brazos, cerrando con llave todo lo que la razón dice.
Y acariciar su corazón con palabras llenas de sentimiento, y desprovistas de cualquier dolor encubierto.
Que más quisiera yo que ser aquella que lame su sabor, sin esperar notar un regusto amargo de fondo, chocando contra mi alma sin compasión.
Tocar con los ojos esas partes a las que no llegan las manos, siendo en nuestra cama los únicos ciudadanos.
Y susurrar nada a la nada, esperando encontrarle sentado en mi portal, rezando porque llueva y se lleve todo mi pesar.
Que más quisiera yo que ser aquella que siempre está, dándole los buenos días con cada despertar.
Ojalá ser su almohada en noches de tormenta, y que me abrace tan fuerte como si un ogro estuviera llamando a su puerta.
Y ser aquella que se engancha de su brazo, o ser aquella a la que abraza sin temor a perderle tras un engaño.
Que más quisiera yo que ser aquella a la que grita por quererla demasiado, doliéndole, porque el amor se lo cobra el diablo.
Quizás ser simplemente su amiga, para estar a su lado y escuchar sus penas por no escribirlas en papel con tinta.
Y ser pájaro en su vuelo, que por no cortarme las alas, yo quisiese dárselo todo, pintándole colores en el cielo.
Que más quisiera yo que ser aquella por la que tanto muere, y en el fondo siempre desespera porque tanto la hiere.
Poder hablarle en vez de escribirle, mientras ella le arranca la vida, sin demostrarle todo lo que vale, sin llegar a escuchar en realidad todo lo que él dice.
Y porque siempre creí que yo podría salvar todas sus diferencias, amando sus pequeñas virtudes, siendo los dos grandes cometas.
Que más quisiera yo que ser aquella por la que deberías luchar, pero no siempre se trata de querer, si no más bien de necesitar.
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