Eramos dos desconocidos, tratándose en el juego de nunca acabar.
Salía el sol, y tú iluminabas más mi triste vida que sus rayos, quemando mis heridas sabor a mal.
A veces, echaba de menos soñar.
Pero contigo, es que siempre era volar.
Y suponía que la vida era eso que pasaba mientras tú, me hacías vibrar.
Pero no siempre las cosas son tan bonitas, y todo pasó tan rápido, tan superficial.
No sentía dolor, porque seguías apretando mi corazón entre tus manos.
Y apenas quería alejarme de ti, por temor a que olvidaras lo que era amarte sin reparos.
Nuestro último rincón en la tierra lo encontrábamos en tus sabanas, sin que pasaran los años.
Lo que pasa es que mi alma acabó pisoteada, sin querer darme cuenta del daño.
A veces, echaba de menos correr sin parar.
Pero contigo, es que siempre era pararme y luchar.
Y sé que el amor no es la mejor salida para empezar una nueva vida.
Pero simplemente prefería buscar eso, que empezar otra huida.
Ahora es cuando nos damos cuenta que la distancia no es el olvido.
En nuestro caso, valía más eso que dejar ganar a nuestro peor instinto.
Que nada acaba, cuando sigue estando vivo.
Lo que no sé es si serás tú, o yo, quien dé todo por perdido.
Hoy continúa esa sonrisa en mi cara al recordarte.
Pero ni idea cuánto durará el pasar del tiempo al esperarte.
A veces, echaba de menos sentir algo de amor.
Pero contigo, es que siempre era vivir por dolor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario