lunes, 10 de marzo de 2014

Me dejo que me lleves.

Me duele la comisura de la vida cada vez que sonrío y le sonrío, y duele ya de placer.
Porque sabemos que nos vamos a dejar llevar sin tener ni idea de como volver, aunque supongo que si importa, pero qué más dará. Y él dijo que daba; daba su tiempo y sus latidos aunque nada funcionase, pero que tendría piezas de sobra para reconstruirnos las fuerzas para seguir luchando.
Y todo él me sabe a distancia, a sonrisas, a ganas de seguir soñando, a libertad, a inocencia, a deseo liberado, a beso de buenas noches, de buenos días y de buena vida; e incluso a beso de la muerte por amor. Que quizás también podría decirse que odio que se sienta tan difícil respirar cuando no noto su respiración en la nuca, o cuando no se ríe porque yo siga haciendo la idiota.
Porque sabemos que nos dejamos llevar porque no queremos volver, aunque supongo que no importa, porque somos nosotros, y ellos ya han dejado de ser.
Ya sabemos que las pantallas se han enamorado de nuestras sonrisas, y que a veces ellas mismas quisieran convertirse en apenas dos centímetros de distancia esta noche, o esta vida; y no es algo triste si pienso que sonreír y sufrir es sólo una mínima parte del resto de sentimientos que nos quedan por pasar juntos.
Yo, que siempre he sido más de tirarme a la piscina, me he tirado a sus brazos y aún, quizás, estoy esperando darme la hostia del amor para darme cuenta de que esto no es real. Vale. Que él no sea real. Pero, sinceramente, ¿qué más da? Que prefiero sufrir intentándolo y dejándome llevar, que pasarlo bien una parte y quedándome en un lugar que siempre me aportará la misma sensación de sobriedad.
Y sí, si estoy loca si se entiende que ilusionarse es tener ganas de intentarlo como un gilipollas que sabe que en el fondo sólo le esperará la sentencia final. ¿Sabes?, ojalá mi sentencia final sea con él y no en la más profunda soledad.



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