La felicidad la encontramos donde no pensábamos encontrarla, porque hay veces que se esconde, y otras no, pero siempre está ahí, para que nosotros la desenterremos y la cuidemos.
Espera que la cuidemos, que la reguemos y así, poco a poco, se alzará hasta el cielo.
Ella sabe que un día llegará un leñador, y encontrará su tronco tan suculento que no tendrá escrúpulos y talará con el dolor.
Ella sabe que ese leñador querrá convertirla en algo tan material que desaparecerá por siempre y por ello no desea darse por vencida, porque sabe que quizás el agua ya no sirva para reparar todo el dolor, pero el alcohol nunca vendrá mal.
Volverá a resurgir, brotará de nuevo, y sus raíces probaran un nuevo abono, mientras que de sus ramas surgirán flores llenas de esperanza; flores que madurarán y esperaran para ser recogidas.
De ellas nacerá el mejor de los frutos, de aquellos de los que no podrías desprenderte, y que añorarás hasta la próxima recogida. Aquellos frutos que llenan el espíritu y el alma, que alimentan el corazón y la sonrisa.
Porque el día que el dolor se convierta en una mascara cegadora y lo nuble todo, el sol siempre saldrá y lo inundará todo con su luz, alzando nuestra felicidad, sin que nos demos cuenta, sin avisar.
Quemará todas las hojas caídas de esa estación que arrasó con todo, despertará la esperanza y obligará a la felicidad a llenarse de nuevo oxigeno y recuperarse, secando los restos de lluvia.
Volverá a ser un nuevo día, y el dolor quedará recluido bajo tierra, de donde nunca debió haber salido.
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