martes, 24 de diciembre de 2013

Una mano, dos abismo y cientos de pájaros que no saben a dónde irán.


Y cayó en la cuenta; en la cuenta atrás. Como aquellos que no quieren pillarse por nadie, pero que acaban más pillados que aquella pinza del tendedero de su azotea, llena de pájaros que no tenían muy claro a dónde tirar. Y ella, con su pájaro en mano, mientras los cientos volaban, continuando sin saber a dónde partirían.

Pero de golpe comenzaron a escampar, asustados por aquel grito desgarrador, cuando pronto el único pájaro había conseguido escapar. Y la noche volvió a nacer, viendo desde el horizonte como aquellas ilusiones se escapaban junto con el único pájaro que había cabido en su pequeña mano. Y esa mano volvió a cerrarse, a cal y canto, olvidando darle una de arena, llena de cicatrices y tantos mal tragos.

E imaginó como sería volar, cómo cuando tocaba el suelo con los pies, pero el corazón planeaba alto, al igual que todos aquellos pájaros. Y volvió la cuenta, pero acelerada, notando como la noche le alumbraba con pequeñas estrellas; pero la luz de la ciudad las apagaba, con una envidia muy mal escondida. Y ella quería volver a notar la luz, sin llegar a volver a ver el Sol, por miedo a que se convirtiera en aquel alcohol que te escuece porque sana, pero que te da miedo, porque sana.

Pero corrió hacia el punto más alto de aquella azotea, ya vacía de pájaros, ya vacía de sonrisas y pequeñas travesuras. Y corrió, con aquella energía que sólo un loco guarda; porque la locura nunca se pierde, o eso se decía a ella misma. Pero corrió, y se paró al borde del abismo, vislumbrando aquella ciudad muerta, pero, a la vez, llena de vida. Y cerró los ojos y la mano, aquella que había dado de comer a su amor, ya tan llena de cicatrices.

Respiró hondo, y por primera vez dejó de mirar aquel abismo, para mirar otro nuevo; para mirar el abismo que habitó siempre más allá de su cabeza. Y por fin una lágrima cayó del cielo, o ya no sabía muy bien si venía de sus cuencas, pero ella seguía mirando, ya sin saber muy bien si esperando que aquellos pájaros volviesen.

Pero no volvieron, y ella se quedó mirando a su cielo estrellado, o a su vida estrellada, entre tanta muerte a sus pies. Y que quizás ella seguiría inmersa en su locura, en sus ganas de volar más allá, por no quedarse más acá; pero ella seguiría viva, y dejaría a la ciudad morirse entre envidias mal curadas, por no poder ser locura, y por no poder tocar el cielo con una mano llena de cicatrices. Una mano que ahora llora, pero que mañana volvería a abrirse.

Y se abrirá, como una flor que se abre sin temor, aunque sabiendo que, en el fondo, tendrá el mismo final que todas. 

1 comentario:

  1. Ya se sabe que los pájaros van y vienen. Tal vez ahora esa mano esté vacía pero algún día, volverá a acoger el trino de algún ave.

    Salud.

    ResponderEliminar