Un día te levantas, pero has vuelto a dejar a tu corazón durmiendo, empapando la almohada de sangre, que se confunde con la ralla corrida de esa noche llorando y sufriendo. Late, pero es como un repiqueteo breve, que dura lo que tardas en recuperarte de esa ansiedad, que lleva su nombre, y duele adrede.
Levantas el cuerpo, pero vuelves a dejar el alma, acurrucada en el rincón más hundido del colchón, machacado por sobrecargas de dolor y desazón. Caminas, pero a pasos parece que vuelas, apunto de estamparte con su primer "te quiero", que es lejano y lo sentiste de veras.
Levantas la vista, pero agachando la mirada, llena de desesperación, que te grita en silencio, como una canción que jamás nadie escuchó. Se pierde en el blanco de las paredes, queriendo ocultar su color, por miedo a que nadie venga, y le robe lo poco que queda en su interior.
Levantas el presente, intentando convencerte de que es ahora lo que importa. Pero el pasado tira fuerte, y echas marcha atrás, sin darte cuenta de que vuelves a ser aquello que menos soportas.
Y es que has levantado una vida, pero se te ha olvidado resucitarla. Y ya no hay tiempo para menos, pero es que tampoco eres capaz de ver que si hay tiempo para más, pudiendo echar el freno, gritándole a la vida al oído: "¡nunca jamás!".
Adoro los textos así, tan intensos.
ResponderEliminarEscribes de maravilla.
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