Hoy lo recuerdo, narrándole las historias más bellas para dormir, mostrándole el material del que estaban hecho los sueños en los que yo viví. Pero él no deseaba soñar. Él quería vivir la libre realidad.
Hace un tiempo me dolía el pensar que cuando le faltaban fuerzas sabía que yo le daría más. Todo ello sin pedir explicaciones, sin darle excusas, sin exigir sus atenciones.
Y porque no soy capaz de fingir, y esa es mi carga, mi peso pesado.
Pero hoy soy yo la que necesita esas cuerdas para sujetarme, porque a cada minuto caigo más hondo, más profundo. Porque hoy sigo esperando que venga y me ame, con su corazón moribundo.
Creí que era yo la que empujaba su bicicleta, enseñándole a montar. Pero me equivoqué, porque le sujetaba por temor a que se fueses de mi lado demasiado deprisa, viendo que sus intenciones no eran otras que las de marcharse, como si en ello le fuese la vida misma.
Ahora miro mi pecho, mientras una marca, ya olvidada, se apodera de nuevo de mi interior, dejando lentamente una huella donde antes latía mi corazón.
Y me miro al espejo, lamiendo mis labios con sabor a sal y dolor, intentando borrar cualquier resquicio de su sabor. Y me lavo lentamente, esperando olvidar cualquier rastro de su tacto en mi piel, junto a su olor. Y me acurruco entre mis sábanas perdiendo la conciencia, intentando no recordar que por él, perdí mi inocencia.
Pero no logro mi cometido, y sigo cayendo, mientras él sigue huyendo.
Solía pensar que el esfuerzo trae recompensa, y sería así si no él no hubiera creído que el amor le habría convertido en mi presa.
Ahora narro historias en las que el amor trae felicidad si es correspondido, pero que no está hecho para los cobardes, que se excusan diciendo que tanto han sufrido.
Acabo lo que empecé esta mañana, levantándome con su recuerdo y su sonrisa, sabiendo que mi único consuelo se encuentra en mi cama, siempre complaciente, siempre sumisa.
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