Jamás había creído en el destino, ni en la suerte, ni tan siquiera en la casualidad. Pero hoy, que mis dedos escriben estas palabras que tú te encargaste de provocar, pienso y me digo, ¿tantas ganas tenía tu destino de joder al mío?.
He caminado a lo largo de la vida cayendo en brazos ajenos; brazos que me colmaban de calor en sus momentos de interés, para más tarde lanzarme contra rocas afiladas en momentos de flaqueza. Y mientras ellos conseguían salir corriendo hacía un nuevo destino, mis heridas volvían a derramar sangre y dolor.
Esas mismas personas se han encargado de darme una lección; una lección que proviene de un profesor al que jamás haces caso, pero un profesor al que tienes que tener contento para conseguir un aprobado. Y esa lección no era ni más ni menos que huir del amor, tan rápido que el corte te sea lo más limpio posible, ¿pero una herida provocada por un amor escurridizo puede sanar sin dejar cicatriz? Cree que el miedo es irracional cuando te lo provoca tu mente, sin dejar espacio a la duda, y puedo asegurarte que todo irá a mejor.
Y es que es una enfermedad contagiosa: te hacen daño, sufres, te vuelves un cabrón, llega otra persona, te enamoras y te vuelven a hacer daño. Y así hasta que encuentras a la persona indicada, pero ya no era el momento indicado.
Ahora dime tú, ¿debería ponerme una inyección contra esa mierda que me has transmitido, o sigo tus pasos y me pongo a derramar sangre de gente inocente?
A veces creo, que podría afirmar, que si deseáis tanto la soledad es para evitar sentir estas cosas, pero yo por lo menos todavía podré decir que estoy viva, y que no moriré sin intentar nada antes de volver a caer.
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