martes, 9 de diciembre de 2014

¿Felicidad? Ahora sí sé de lo que me hablas.

        He sonreído y creo haber oído algo así como un chirrido; quizás se me olvidó hace mucho desengrasar mis labios, o más bien estaba esperando el momento indicado para hacerlo. También creo que al sonreír se han rellenado todas las grietas de tristeza que un día llenaron estos labios que, por fin, recuperan su antiguo tono rojo, tan lleno de pasión.

        Dicen que llega el invierno, pero últimamente tengo en el cuerpo una sensación como de verano sentimental, como si mi corazón y mis ganas de reír fueran suficientes para calentarme la vida. Y que quizás sí le tenga miedo al invierno si me llegasen a decir que invierno es estar sin sus brazos, pero estoy tan llena de positivismo que hasta he dejado el chocolate. ¿Sustitutivo del sexo? Ya ni falta me hace.

        Pero nadie se llevará este mérito que me pertenece por esfuerzo: el mérito de quererme y haber aprendido lo que de verdad merecía, que menuda estúpida por no haber visto que era demasiado. Ahora ya sé que las sonrisas son de quien las fomenta y merece, y no de quien supones tú que debe llevarse una sonrisa para poder recibir una de vuelta. Ahora ya sé lo que debí saber hace mucho, pero todavía no era tarde para coger toda la mierda y tirarla junto a todas esas puertas cerradas y páginas de libros arrancadas; porque yo sí estuve haciendo leña del árbol caído, o más bien de árboles derribados, para poder quemar esos jodidos recuerdos.

      Tranquilos, no hace falta que nadie me diga que se puede perdonar, pero no olvidar, porque a base de hostias y a querer ser diferente, yo sí aprendí a dar el perdón, pero jodido está ahora que me vuelven a fallar.

       La vida te enseña lo que te debe enseñar, solo que los demás a veces contribuyen a mal en esa tarea, haciéndote creer lo que jamás debiste aprender. En realidad tampoco he llegado a envidiar a todos aquellos que nacieron con la suerte de quererse de por sí, porque poco a poco yo he podido conocer y conocerme, sabiendo cual es mi lugar: yo primero y luego los demás.

       En fin, no hay peor ciego que el que no quiere ver, aunque también están aquellos que dejan que otros le mantengan una venda en los ojos. Y a mí, por fin, se me ha caído y pesaba tanto que al caer han saltado las alarmas y me he despertado de esa maldita pesadilla.

       Porque ahora yo sí soy feliz y he decidido que si la vida me está dando la mano, por muchos inviernos que se acerquen, debo sacar las manos de los bolsillos y agarrarle tan fuerte que jamás me pueda soltar. Porque ahora soy feliz y eso es lo que importa.

Yo soy la que importa. 




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