No es coincidencia que escriba cuando tenga un grito desgarrándome el alma, y qué ironía. Porque soy muy de aferrarme a una ola, a sabiendas de que pronto volverá al lugar de donde vino, y que volverá, pero sin volver a ser ella nunca más. Y sé que la paciencia no es mi fuerte, pero nunca llegué a construir ninguno por miedo a que nadie llegase a ver como soy en realidad; pero esa realidad superó hasta el más valiente caballero, sin saber que, a lo mejor, yo me convertí en el propio dragón de mi vida.
Ojalá fuera capaz de pensar que si nadie se ha quedado es porque no sabe apreciar las virtudes y comprender los defectos, pero una se cansa de pensar y de querer, de pensar y de esperar. Porque soy muy de aferrarme al aire, a sabiendas de que, cuando se canse, dejará de soplar y yo caeré con un peso muerto dentro del pecho.
Lo mejor es que mucha gente piensa en viajar a lugares que nunca ha visitado, o lugares extraños y exóticos, pero yo cada vez tengo más ganas de irme a ningún lado y quedarme en mí, un terreno que jamás nadie ha explorado. Y es que juro que jamás sabré reconocer cuando es el momento oportuno para recoger todos los pedazos y cerrar puertas, dudando de si cerrar también ventanas para que ninguna se pueda abrir jamás.
Ojalá tuviera la clave para descifrar el porqué de todo este mar de dudas, que es más grande que cualquiera que ose cubrir el mundo. Porque me cago muy fuerte en la puta cuando olvido mi llave en las manos de alguien y me toca hacer un millón de copias más, sabiendo que volveré a ser la gilipollas de siempre. No, no es por hostias que me haya podido dar, sino que sé demasiado y aún así digo "esta vez no, estoy segura de que no". Y no, pero sí, y joder, que sí ha vuelto a pasar, niña estúpida.
Pero aquí sigo, aferrándome a no se qué, como si no fuera consciente de que no puedo aferrarme ni si quiera a mi corazón, a sabiendas de que, en cualquier momento, también se derrumbará.
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