Y aún sentía rabia por no poder decir aquello que más bien no quería callar, ahogando sus penas en alcohol; o más bien ahogándolas en el silencio y la calma de una habitación llena de recuerdos y, a la vez, hueca de emoción. Quemaba cada una de sus lágrimas con el fuego de su rencor y desolación, creyendo que más tarde o más temprano él llegaría, diciéndole todo aquello que aún esperaba oír sin contemplación.
Pero miraba el reloj y lo único que veía pasar era su vida, viendo como sus manijas golpeaban con tal fuerza que parecía que el sonido podría atravesar sus oídos y adentrarse en su cerebro, taladrándolo a cada segundo pasado y encadenado.
Su temor y tristeza aumentaban, y ella sólo quería romper las paredes de la sombría habitación, gritándole a la vida aquello por lo que deseaba luchar y por lo que, por norma, siempre se le escapaba de las manos. Todos los alambres que ahora encadenaban su boca cada vez parecían más fuertes, imposibilitándole narrar aquellos cuentos que en su mente aparecían y desaparecían; cuentos que alimentaban cada uno de sus sueños.
Y quizás muy pronto se ahogaría en sus propias lágrimas, o en sus recuerdos, quien sabe. Pero ella sólo deseaba ahogarse en los brazos de aquel que había embargado todas sus ilusiones, dejándola huérfana de amor y razón.
Ahora el dolor era un simple acompañante en sus ratos vacíos, y ella se aferraba al pequeño resquicio de luz que aún pasaba entre las rendijas de su habitación, viendo a lo lejos la diminuta ventana directa a la realidad que un día le pareció tan cercana.
Ya sólo quedaba guardar un vaso más de mar de sus ojos en el armario, cerrar con llave y sentarse en la silla.
Y repitiendo su mantra, volvía a cerrar los ojos, posando su mano en el corazón y comenzaba a soñar, soñando que pronto sus ilusiones volverán.
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