martes, 30 de julio de 2013

La vida, una carrera.

La vida, una carrera. 
Ni el destino, ni la casualidad. Nada. Nada es lo que te pasa por la mente cuando respiras y una sonrisa cruza tu cara, de lado a lado, partiéndola en dos.
Podremos ir despacio, podremos ir tan deprisa como queramos, pero solamente podremos vivir una vez.
Nadie es capaz de predecir cuantas veces seremos capaces de revivir un sentimiento. ¿La ira, el amor, la rabia, la desolación, el ansia, la tristeza,...?.
Quién de nosotros puede calcular las veces que un sueño se podrá repetir a lo largo de nuestra vida. Y quién de nosotros es capaz de soñar un día tras otro lo mismo, manteniendo la esperanza y creyendo que, más tarde o más temprano, todo llega. 
Así es, poco a poco vamos creciendo y la carrera continúa.
Unos se quedan atrás, queriendo retroceder y comenzar de nuevo. Otros deciden seguir adelante, con el pensamiento de mejorar su pasado y avanzar hacía el futuro. O simplemente pensando que los kilómetros que están por venir serán mejores, y que el pasado no fue más que una mezcla de pequeñas piedrecitas dispuestas a romper las suelas de nuestros zapatos, viejos y malgastados.
Unos dejan atrás miles de lagos llenos de lágrimas y peces muertos. Y otros dejan atrás miles de días felices y de personas queridas, por continuar la carrera y por recorrer esos escasos kilómetros que les separan de aquellos sueños que tantas noches rondaron por sus mentes, esperanzadas y hambrientas.
Así es la vida, una carrera sin un fin impuesto. Un fin que llega cuando tiene que llegar y un fin que, mientras llega, nos deja vivir a nuestro antojo, cometiendo errores y alcanzando logros. Un fin que, en muchos casos, llega con demasiada rapidez y en otros tarda demasiado en llegar.
Y la vida, que transcurre cómo un amor imposible, cómo una amiga traicionera, cómo unos padres sobreprotectores, cómo una pequeña herida mal curada, cómo aquella risa de niña traviesa... y muchas veces, cómo una lágrima eterna, mojando sin control la cara de todos y a la vez de nadie.
A lo largo de la carrera aparecerán un millón de rostros, tanto de desconocidos como de amigos, sin olvidar a los enemigos. Aplaudirán cada avance, nos ofrecerán un vaso de agua para solventar la sed e, incluso, correrán a nuestro lado, para ser espectadores de nuestra llegada a la meta en primer plano.
¿Y los enemigos?. No cesarán en sus artimañas, poniendo zancadillas a cada paso dado, tirando desperdicios al camino y abucheando en voz alta.
Pero cada uno tiene que realizar su propia carrera y cada uno tiene un propio camino que seguir, pero jamás hay que detenerse. Hay que seguir avanzando, por muy lentos o rápidos que seamos, porque nadie desea que su final le llegue antes de alcanzar la meta y porque la meta jamás debe suponer un punto y final. 

jueves, 25 de julio de 2013

Muros de felicidad y reflexión.

A veces ella quería pensar que la gente tenía otro lado. Otra cara oculta en la que perderse sin miedo a que los demás les hicieran daño.
Ella deseaba creer que esas personas que maltrataban sus sueños simplemente actuaban por la envidia y el dolor; dolor por no poder encontrar sus propios sueños o dolor porque otros los hubieran destrozado, conducidos por su propia envida.
Ella no pensaba en lo malo y, mirando más allá, buscaba sin descanso una razón a todos los males que los demás le causaban, intentando excusar las trampas y los engaños.
Pero un día se encontró con un muro demasiado alto: su propia felicidad. Un muro con letras de un rojo carmín que decían que su límite le había alcanzado. Un rojo con advertencia; una advertencia que suspiraba llantos del futuro, vaticinándole que su propia felicidad se vería rota a pedazos si seguía buscando respuestas a las jugarretas de los demás.
Y pensó, y pensó, y pensó.
No había nada que pensar.
No había nada que justificar.
No había nada que salvar.
Porque no se puede salvar aquello que no quiere ser rescatado.
No se puede justificar aquello que se hace sin razón.
Y no se puede pensar aquello que, sin más, no tiene fondo ni solución.

domingo, 7 de julio de 2013

Vivir y callar.

Y aún sentía rabia por no poder decir aquello que más bien no quería callar, ahogando sus penas en alcohol; o más bien ahogándolas en el silencio y la calma de una habitación llena de recuerdos y, a la vez, hueca de emoción. Quemaba cada una de sus lágrimas con el fuego de su rencor y desolación, creyendo que más tarde o más temprano él llegaría, diciéndole todo aquello que aún esperaba oír sin contemplación.
Pero miraba el reloj y lo único que veía pasar era su vida, viendo como sus manijas golpeaban con tal fuerza que parecía que el sonido podría atravesar sus oídos y adentrarse en su cerebro, taladrándolo a cada segundo pasado y encadenado.
Su temor y tristeza aumentaban, y ella sólo quería romper las paredes de la sombría habitación, gritándole a la vida aquello por lo que deseaba luchar y por lo que, por norma, siempre se le escapaba de las manos. Todos los alambres que ahora encadenaban su boca cada vez parecían más fuertes, imposibilitándole narrar aquellos cuentos que en su mente aparecían y desaparecían; cuentos que alimentaban cada uno de sus sueños. 
Y quizás muy pronto se ahogaría en sus propias lágrimas, o en sus recuerdos, quien sabe. Pero ella sólo deseaba ahogarse en los brazos de aquel que había embargado todas sus ilusiones, dejándola huérfana de amor y razón. 
Ahora el dolor era un simple acompañante en sus ratos vacíos, y ella se aferraba al pequeño resquicio de luz que aún pasaba entre las rendijas de su habitación, viendo a lo lejos la diminuta ventana directa a la realidad que un día le pareció tan cercana. 
Ya sólo quedaba guardar un vaso más de mar de sus ojos en el armario, cerrar con llave y sentarse en la silla. 
Y repitiendo su mantra, volvía a cerrar los ojos, posando su mano en el corazón y comenzaba a soñar, soñando que pronto sus ilusiones volverán.

jueves, 4 de julio de 2013

Nada va a cambiar.

Aún sigo preguntándome, a mis escasos 18 años, como se debe ser en esta vida. Temido, ¿para que te tengan miedo y no se atrevan a hacerte daño?. Tímido, ¿para que las oportunidades pasen por delante, pero que quizás eso te salve de grandes y terribles amores?. Borde, ¿para que muchos tenga el deseo de cazarte y romper tu coraza?. Amable, ¿para que muy pocos lo valoren y para que muchos te pasen por delante?. Orgulloso, ¿para ir de triunfador por la vida y perder muchas veces aquello que de verdad deseemos?. Reservado, ¿para guardar en una caja de oro cada pensamiento?. Generoso, estúpido, ingenuo, sincero, enamoradizo, egoísta, asustadizo, falso... ¿Quién hoy en día se muestra tal y como de verdad es, sin miedo a perder, sin miedo a perder, sin miedo a dar miedo?. Sinceramente, y siendo objetivos, muchos y a la vez ninguno.
De verdad, aún sigo sin entender a aquellas personas que se esconde tras una simple máscara, con el miedo al que dirán. Y menos entiendo a esos que se muestran tal y como son, pero de una manera tan exagerada que hasta hacen daño. Pero lo peor de todo es que eso jamás va a cambiar.
Cada uno va a seguir haciendo, que no siendo, lo que quiera. Es demasiado triste ver como personas tan distintas pierden lo que un día podrían llegar a ser... todo porque en este mundo no somos capaces de encontrar un término medio.
¿Qué es eso de "un tira y afloja"?. ¿Qué somos críos para no ver que nuestras actitudes a veces no hacen bien a nadie, ni siquiera a nosotros mismos?.
Lástima me da todas aquellas personas que ,queriendo mejorar y darlo todo de ellas mismas, pierden más que una persona que no lucha y que no se esfuerza por ser mejor con los demás.
Y lo peor de todo es que eso jamás va a cambiar.