Es difícil intentar respirar cuando hasta sonreír lo hacías con el corazón. Como cuando rezas, dibujas, cantas, besas, amas...porque siempre has usado tu corazón hasta para soñar; hasta él lloraba cuando tú lo hacías.
Porque como le explicas que hay momentos en los que te apetecería arrancártelo cuando él jamás tuvo culpa de haber nacido pegado a ti, desde el primer segundo, desde el primer momento, desde la primera calada de aire fresco. Porque como le explicas que quieres olvidarle por olvidar a otras personas, como si él tuviese culpa de bombear rápidamente con cada miraba furtiva o con cada beso desenfrenado. Y como le explicas que deseas deshacerte de él, porque no tienes la suficiente voluntad para deshacerte de los demás, por miedo a quedarte sola.
Pero no, él jamás tuvo culpa de que dos personas lo crearan con todo el amor que sus corazones tenían guardado para darte a ti. ¿A quién hay que culpar entonces para no culparle a él por querer sin remedio y sin riendas que le pararan al desbocarse?
Ojalá pudiera no culparle a él y solo culparme a mí por hacerle latir por quien vino antes con aguja e hilo que con abrazos y besos, advirtiéndome sin quererlo.
Porque no puedo seguir con ganas de arrancármelo cuando yo combatí en el bando contrario, siendo la primera que le traicionaba por unas palabras mal redactas al aire, firmando con su propia sangre.
Supongo que quien tiene que arrancarse de su cuerpo soy yo, porque no he hecho más que contribuir a cada cicatriz que él ha procurado curar; porque he sido yo quien ha provocado cada uno de sus bombeos llenos de dolor.
Y quizás sea yo quien deba encerrarse en un cajita y enterrarse muy hondo, dejando que sea él quien decida su destino, y ojalá que no se deje caer en manos de nadie.
Por hoy creo que tendré que dejarlo marchar y que, aunque llore y patalee, sé que sin mí estará muchísimo mejor.
Adiós, corazón.