Las palabras no son extrañas piezas de un rompecabezas, porque siempre tendrán un lugar en el mundo, dando el poder a cualquiera para expresar aquello que quema su interior. Algún día no serán más que una parte del viento, aquel que ronda por cada una de las bocas que habitan el mundo, siendo solamente un silbido del alma encarcelada.
Es doloroso decir aquello que no queremos decir, por el simple hecho de rasgar el corazón de otra persona, y esperando encontrar a otra con la que levantar con miles de distintas palabras, de devoción. Moriríamos por no clavar miles de dagas, por no convertir nuestras palabras en miles de finísimas agujas dispuestas a llegar a los más hondo de un persona; otras veces nos convertimos en monstruos, afilando nuestra lengua para más tarde destrozar un humano.
Año tras año recapacitamos sobre aquello que pudimos decir, pensando si él, o ella, lo aceptó, o si, por otro lado, le dolió tanto que decidió cerrar su amor con llave y candado. Somos culpables de todo lo que causamos en otros, sin querer darnos cuenta de que el aire que entra por nuestros pulmones puede ser tan puro, que al descargarlo con tanta rabia no se haya convertido en el más puro de los ácido; o quizás todo el amor que reposa en nuestro interior lo convierta en la armonía más melodiosa del universo.
Queda tanto por aprender, y queda tanto por vivir, que la vida nos enseña la fuerza que podemos llegar a tener a la hora de pronunciar una simple frase, una simple palabra.